domingo, 7 de diciembre de 2008

Dios tiene un sueño..., ¿cómo reaccionarás tú?


Como cualquier padre, también Dios vive, desde toda la eternidad, un sueño con la humanidad. Es un sueño de felicidad, de relación filial, de amistad gozosa. Un sueño que no es pura fantasía, sino realidad concreta. Así salió de sus manos el hombre, dotado de unas cualidades muy superiores al resto de la creación. Pensó Dios dotar al hombre de una chispa de su inteligencia infinita, de un corazón con capacidad de amar al modo divino, de una maravillosa facultad para actuar con libertad como expresión de su dignidad personal y llamado a una felicidad eterna. Es lo que podríamos llamar un capricho de Dios.


Y el hombre, al verse así, se sintió feliz y agradecido por tanta generosidad. Dios era su amigo con quien trataba con impensable familiaridad. Pero un día, el hombre quiso probar el alcance de su libertad: si tanto parecido con Dios encontraba en su propio ser, ¿por qué no intentaba ser como Dios? Sabía muy bien que su libertad tenía un límite, pero ¿por qué no probar? Si era libre, ¿por qué tenía que depender de Otro? Y cruzó el límite de su libertad, buscó su propia autonomía, olvidó las consecuencias que vendrían si se soltaba de Dios. Y, como era de esperar, se vio desnudo, la amistad con Dios se convirtió en vergüenza, la familiaridad con los otros seres humanos se trasformó en sospecha y acusación, sintió el dolor, descubrió en su horizonte la amenaza de la muerte. Su aventura acabó en fracaso.


Roto el sueño de Dios, la humanidad comenzó a caminar a la deriva: seguía con su capacidad de amar, pero su amor muchas veces era puro egoísmo; no perdió la luz de su inteligencia, pero había perdido brillo y, con frecuencia, las tinieblas ocupaban su mente; su libertad le llevaba a vivir esclava de su capricho y la felicidad eterna, que tanto ansiaba en su corazón, le resultaba inalcanzable.


Pero Dios seguía soñando. Porque el amor es tozudo. Y Dios es amor. Por eso pensó: he dado al hombre muchas cosas, y todas buenas. Debo dar un paso más: me daré a Mí mismo. Y dicho y hecho. Cuando llegó su momento, todo el amor infinito de Dios se hizo misericordia infinita, toda la Sabiduría y Verdad de Dios se hizo Palabra y, vestido con nuestra carne, habitó entre nosotros, y toda la Vida de Dios, que es su Espíritu, Señor y dador de Vida, fecundó las entrañas de una muchacha de Nazaret y esta sencilla Mujer concibió al Hijo de Dios, hecho hombre. Y Dios no podía soñar más: había agotado toda su capacidad, con ser infinita, de soñar. ¿Qué podía dar Dios al hombre que fuera más que El mismo?


Este es el gran acontecimiento que celebraremos dentro de unos días. Esto es lo que llamamos Navidad. La única noticia que puede llenar de alegría y de paz el corazón del hombre. Pero como el hombre es ya libre, Dios no lo quiere violentar: se ofrece como Don. Y ahí tenemos al hombre envuelto en su propio drama: ¿cómo reaccionará? ¿cómo reaccionaremos tú y yo?


Francisco Rubio Miralles

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